21 de diciembre de 2013

EL GRAN ENGAÑO I

EL GRAN ENGAÑO I
Crónicas de intercesión profética en los Estados Unidos de América
Por apóstol Dr. Daniel Guerrero



INTRODUCCIÓN
Ahora a partir de esta entrega me dedicaré a compartir con mis lectores, mi experiencia de intercesión profética en los Estados Unidos de América, entre  noviembre de 1998 a febrero de 1999, en tres ciudades.

Y mientras comparto mis experiencias en esos intensos e inolvidables tres mes, en esas tres ciudades, también voy a compartir el resultado de las reflexiones bíblicas-teológicas que surgieron después de ellas, que luego han llegado a ser un libro, que he titulado el Gran Engaño.

Sospecho, que este tema, será igual de largo que el de las Cuatro Puertas Antiguas, pero quizás más intenso y más controversial bíblica y teológicamente, así que, mis queridos lectores necesitarán una buena dosis de paciencia y de esfuerzo en leer, re-leer y estudiar los pasajes bíblicos que sustentan mis conclusiones.

Así que, prepárense para este viaje y para esta nueva experiencia en el campo de la intercesión profética...

"Y estando él sentado en el monte de los Olivos, 
los discípulos se le acercaron aparte, diciendo:
‘Dinos, ¿cuándo serán estas cosas,
Y qué señal habrá de tu venida,
Y del fin del siglo?’
Respondiendo Jesús les dijo:
‘Mirad que nadie los engañe’."
Mateo 25:3-4 VRV 1960

Se enciende una luz

Era una noche inusual, en una ciudad del Sur de Asia. Como de costumbre la luz se había ido; pero en esta oportunidad ya habían pasado más de diez horas. Encendimos las velas y comenzamos a cantar alabanzas en medio de aquella oscuridad, que más que física amenazaba ser espiritual. Los cánticos nos alentaban a confiar en el Señor y a continuar con la tarea, por la cual como familia nos encontrábamos en aquella ciudad: predicar el Evangelio del reino y hacer discípulos fieles entre los musulmanes de esta ciudad, de manera que continúen con la misión que el Maestro nos dejó hasta que Él venga.

Un cántico particularmente se hizo más que realidad esa noche: “Enciende una luz”, del adorador Marcos Witt. Cantar esa canción, esa noche, en medio de semejante oscuridad, en esa ciudad del Sur de Asia, era muy diferente que cantarla en medio de miles de adoradores, que al terminar el concierto de adoración, por lo regular regresan a la comodidad de sus hogares, sin ser conmovidos por la terrible realidad de millones de personas viviendo en tinieblas espirituales, que no podrán ser adoradores del verdadero y único Dios, por lo cual perecerán una muerte eterna sin Él.

Como a las 9:00 p.m de aquel 11 de septiembre del 2001, unos vecinos llegaron a nuestra casa para avisarnos que la luz regresaría en media hora, que el apagón había sido en toda la ciudad. Pero también nos dieron otra noticia que nadie estaba preparado para recibir: las torres gemelas del Centro de Comercio Mundial (World Trade Centre) habían sido atacadas y una de ellas había caído. Inmediatamente no creí a la noticia. – ¿Las torres gemelas cayendo?  Imposible, yo mismo había estado allí y sabía lo sólida que eran. Al tiempo llegó la electricidad y encendimos el televisor y buscamos los canales de noticias, los cuales vez tras vez ya estaban repitiendo la Noticia del día: Estados Unidos estaba bajo ataque terrorista.

Todos estábamos consternados por las noticias y las imágenes de tan terrible tragedia. Pero de repente los eventos trajeron a mi memoria recuerdos de experiencias pasadas, que sencillamente agudizarían el dolor que ya experimentábamos.

Se inicia un viaje de oración

Era otra noche, esta vez en Amsterdam, Europa, en 1998. Otra noche en adoración, cantando alabanzas junto con un grupo de obreros preparados para llevar el Evangelio a los no alcanzados de la Ventana 10/40.  Juntos buscábamos la dirección de Dios, pues teníamos hambre por hacer Su voluntad y sólo eso queríamos hacer.

Esa noche, mientras dirigía la adoración, el Señor me confirmó la razón por la cual debíamos ir a Estados Unidos. – Esa nación está bajo inminente juicio- me dijo. – Ellos dicen que ‘confían en mí’ (“In God we trust” dice el billete de Dólar), pero eso es una mentira.  Ellos confían en su dios: su poder económico, que les da el dinero. Pues es allí donde les juzgaré. Quiero que vayas, intercedas y bendigas a esa nación, aunque mi juicio es inminente-.

Luego en diciembre de 1998, estando en casa de mi hermano, en Maryland, EUA, preparándome para lo que el Señor quería hacer, recibí más instrucciones específicas. Debía ir a la ciudad de New York, capital económica del país y del mundo. Debía ir con el mismo corazón intercesor con el que Abraham oró por la bendición de Sodoma y Gomorra (Gén. 18:16-23). Y debía aceptar que el juicio sobre la Gran ciudad era inminente e irreversible (Ap. 18: 16-23). De hecho, al recibir estas instrucciones de parte del Señor le pusimos nombre a nuestra misión en Estados Unidos: Misión 18:18, por lo que consideraba el Señor me decía en Génesis 18:18 y Apocalipsis 18:18.

Capitolio en Washington DC
En diciembre, estando todavía en Maryland con la familia de mi hermano, fuimos a Washington DC e hicimos caminata de oración en el Mall de la ciudad, en el Capitolio, la Casa blanca y áreas vecinas.

Luego en enero del 1999, fuimos a Lancaster, Pennsylvania, para realizar nuestra cruzada, que el entrenamiento que hacíamos en Amsterdam nos exigía.  Fuimos a la Misión de la Calle del agua (Waterstreet Rescue Mission), la cual realiza una labor de servicio increíble para los desposeídos y rechazados de la sociedad.


Una tarde conocí a unos de los consejeros de la Misión y cuándo me conoció me preguntó: - ¿Por qué viniste a Estados Unidos?  Yo le respondí que estaba haciendo una práctica como parte de un entrenamiento misionero. Pero él quería ir más allá. Y me volvió a preguntar: ¿Por qué Dios te trajo a Estados Unidos?  Yo no quería responder a esa pregunta. Y mucho menos a un hermano norteamericano.  Pero sentí paz de parte del Señor de compartir con él mi agenda personal.  Entonces le dije: - Vine porque el Señor quiere que ore por tu nación, que está bajo inminente juicio y Él quiere que vaya a New York, para interceder y bendecir a esa ciudad y a tu nación-.  El me escuchó atentamente. Y luego me respondió: - ¿Entonces tienes que ir a New York?-.  Tomó el teléfono, hizo una llamada y luego me dijo: - Ok, vas a ir a New York y yo iré contigo a orar por mi ciudad y mi nación-.

Vista de New York con el Empire State building en el centro
Un viernes, en una mañana invernal de febrero de 1999, viajamos rumbo a New York dos grupos.  Mi familia y yo en una Van que la Misión nos facilitó y otra Van con el consejero y varios pacientes en rehabilitación de la Misión.  Primero fuimos al Centro de rescate Teen Challenge, que el pastor David Wilkerson fundó.  Luego nos trasladamos al edificio del Empire State, donde conocimos a un hermano coordinador regional del ministerio de Hombres que cumplen promesas (Promise keeper ministry). Con él subimos a la azotea del edificio, desde la cual oramos por la ciudad. Yo quería hacerlo de manera desapercibida (como suelo hacerlo), pero los pacientes de la Misión, la mayoría de ellos afro-americanos, comenzaron a orar en voz alta, gritando y bendiciendo a la ciudad en el Nombre de Jesús. La mayoría de los turistas lo que hacían era reírse viéndonos a nosotros gritar aquella noche fría en New York. La presencia del Señor estaba allí y oramos bendiciendo a la ciudad desde el norte, sur, este y oeste. Cuando todos nos reunimos en la casa el coordinador regional del ministerio de Hombres que cumplen promesas, aquellos pacientes de la Misión, la mayoría de ellos, hombres altos y fuertes, con pasados turbios y violentos, compartían con lágrimas su experiencia de haber orado por la ciudad. Y daban gracias a Dios, por permitirles bendecir en oración aquella ciudad en la que en otro tiempo ellos andaban en tinieblas.

El sábado, esta vez solos como familia, nos dirigimos hacia el sur de la ciudad para iniciar nuestra caminata de oración. Tomamos el metro y llegamos al sur de Manhattan, hasta un parque desde donde se ve a lo lejos la estatua de la Libertad, que por razones de tiempo y recursos no pudimos visitar. Subimos al metro nuevamente y sin saberlo salimos al lobby del Centro de Comercio Mundial (World Trade Center), seguimos hacia Wall street y luego hacia Broadway, para finalmente una vez más subir al edificio del Empire State y también orar allí.

El domingo siguiente nos disponíamos a regresar a Pennsylvania; pero saliendo de New York, el Señor me dijo que tenía que regresar e ir a orar en la iglesia del pastor David Wilkerson, en Times Square y al edificio de las Naciones Unidas. Ya no podría ser en ese momento; así que regresamos a la semana siguiente. Asistimos al segundo servicio de la iglesia en Times Square, sin informarle a nadie lo que estábamos haciendo. Al salir del servicio, vi que el letrero de la iglesia tenía como texto lema Apocalipsis 7:9, lo cual me impactó mucho, ya que había sido la única iglesia que habíamos visitado donde no se percibía el ambiente racista y separatista que se percibe en muchas otras iglesias en Estados Unidos. En eso, el Señor me dijo: - Daniel, entiende lo que quiero hacer. Te estoy llevando a dos instituciones: Una divina y otra humana. La institución humana, Las Naciones Unidas, persigue la paz y la justicia entre las naciones por medios y esfuerzos humanos y no lo conseguirá. Sólo mi iglesia, representando a todas las naciones, por la fuerza de mi Santo Espíritu, lo logrará. Ora por mi iglesia, por mi pueblo, para que lo proteja en el día del juicio-. Oramos en ambos edificios y salimos de New York con la paz de haber cumplido la tarea a la que fuimos enviados.

A mediados de febrero de 1999, regresando a mi país desde el aeropuerto de Miami, dejé a Estados Unidos llorando, como un padre que sabe que su hijo sufrirá si sigue por el camino que transita...



Se abren los ojos

Esa noche del 11 de septiembre del 2001, mientras veía las noticias en el canal de CNN, el Señor me volvió a hablar y me dijo: - Busca tu Biblia, busca Apocalipsis 18 y lee-. Leí nuevamente ese pasaje y mi espíritu se perturbó sobremanera, pues venían a mi mente todas las experiencias pasadas durante esos tres meses en Estados Unidos, entre 1998 y 1999. Fue una experiencia confusa, porque por un lado sentía alivio al confirmar que las experiencias que tuve eran ciertas; pero por otro lado me dolía ver el horror de miles de personas muriendo en aquellos eventos. No pude dormir. Lloré y lloré mucho preguntándole al Señor por qué tanto dolor. El me guió a leer una vez más las Escrituras y que entendiera. Pude conciliar el sueño como a las 4:00 a.m. del día siguiente.

Ya con todas estas experiencias previas y los eventos relacionados con el 11 de septiembre; además de los estudios bíblicos que los han acompañado todos estos años, mis ojos fueron abiertos a verdades espirituales sobre los eventos de los últimos tiempos, que no quería y que temía aceptar. De hecho, las estoy compartiendo en este libro con mucho temor y temblor, porque sé las implicaciones espirituales y ministeriales que conllevan.

He querido evitar todos estos años publicar las conclusiones de los estudios bíblicos que he hecho, en compañía de las experiencias que el Señor me ha dado durante más de veinte años de ministerio, porque he querido evitar el dolor de ser criticado y desechado. Pero ya no puedo más. Veo todo el desastre y confusión teológica a mi alrededor y sencillamente ya no puedo callar. Debo compartir lo que se me ha dado y llamar a la iglesia del Señor al arrepentimiento, que vuelva a los caminos antiguos, a las verdades sencillas de la Palabra de Dios y se prepare para recibir al Señor que no tarda en venir.

Es mi profunda y más ferviente oración que este libro pueda servir para ayudarnos a vencer al espíritu de engaño que ha sido lanzado entre las naciones y podamos ser afirmados y estar cimentados en la roca sólida de la Palabra de Dios.

Quise que este libro sea de carácter pastoral.  No es mi objetivo ni intención compartir una disertación teológica, para satisfacer la curiosidad o necesidad mental de algún erudito o teólogo que quiera aferrarse a sus sistemas de interpretación teológica o a las instituciones y tradiciones que las sostienen.

Es mi profundo deseo tocar el corazón del lector. Quiero compartir con usted lo que tengo en mi corazón y creo que el Señor me ha dado para compartir. Ni siquiera quiero convencerle. Esa no es ni mi meta ni mi trabajo. Estaré más que satisfecho si usted regresa a su Biblia y comienza a leerla y escudriñarla diligentemente, pidiéndole fervientemente al Espíritu Santo que lo guíe y en compañía de sus pastores y maestros bíblicos puedan abrirse y descubrir lo que el Señor tenga para ustedes.

Sí, quiero respetar las normas de interpretación bíblica, la historia y las culturas involucradas. Quiero hacerlo con amor. Y aunque pueda expresar enunciados muy fuertes sobre algunas culturas y naciones, quiero dejar en claro que lo hago no para descalificar, condenar o juzgar. También se que con mis expresiones pudiera herir a aquellos hermanos que tengan una postura teológica diferente. Eso es parte de la crisis. Es parte del riesgo que corremos cuando compartimos lo que consideramos que es cierto y lo que es errado. Pero no quiero hacerlo desde una postura de “yo tengo la verdad y tú estás en mentira”, porque créame querido lector, yo soy el primero en temer por mi mismo, por mis propios errores. Estoy consciente que soy susceptible al engaño y pudiera engañar. No quisiera que así fuera, pero lamentablemente así es, así somos, por aquello que enseña el apóstol Pablo: “porque en parte conocemos, y en parte profetizamos; mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará… ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido” (1Cor. 13:9-13). Si eso lo dijo el apóstol Pablo sobre sí mismo ¿qué quedará para mí?

Estos pensamientos han surgido en el camino de la obediencia a la vocación y acción misionera. No son el producto de elucubraciones de oficina o de ejercicios intelectuales en aulas escolásticas. Es el resultado de años de servicio al Señor en mi país Venezuela, de ministerios de servicio e intercesión en países como Estados Unidos, Holanda, Inglaterra, India, Tailandia y España.  Mi amor por estas naciones es grande y sobrenatural es el que tengo por el pueblo de Dios en Estados Unidos de América.

Gracias por su amor y por su apoyo en oración, para que estas enseñanzas sean para edificación, exhortación, consolación y salvación para muchos que lo necesitan.


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